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Un plan lector para el siglo XXI

Cuando hablamos de la lectura en el mundo actual surge inevitablemente la expresión «lectura digital». Ciertamente, los dispositivos electrónicos, las plataformas de interacción y las redes sociales han cambiado la manera en que nos informamos, aprendemos, debatimos sobre el mundo o simplemente vemos, como en un caleidoscopio, otras vidas y otras experiencias.

Muchos usuarios (emplearemos este término para referirnos a cualquier persona que consume contenidos a través de medios digitales) ya no recurren a los diarios o a los noticieros para informarse. Disponen de un timeline que han personalizado, ajustado a sus intereses y es ahí donde buscan lo que les interesa de manera intermitente a lo largo del tiempo.

También eligen los contenidos que quieren ver, a partir de aplicaciones como Flipboard y Pulse, las que además actualizan constantemente. Acuden a foros y sitios especializados cuando quieren profundizar sus conocimientos de un tema específico, o cuando desean saber qué restaurantes son los mejores en determinada ciudad, qué sitios hay que visitar cuando hacen turismo, conocer qué dice la gente sobre el libro o la película que empieza a despertar su interés.

Las cosas han cambiado, es un hecho. Pero ello no quiere decir que un plan lector deba enfocarse solamente en estas nuevas dinámicas de lectura. Es necesario proveer de contenidos digitales a un plan lector, pero también, ahora más que nunca, cuando tenemos un acceso tan amplio a contenidos de todo tipo se hace necesario ahondar en la lectura profunda, continua y permanente. Se hace fundamental leer libros.

Y es que la lectura de libros provoca no solo la activación y el desarrollo de competencias complejas, sino también la formación del criterio, la construcción de una posición frente al mundo, la adquisición de una cultura, el desarrollo del pensamiento.

Leemos con muchos fines, incluido el ocio, pero los beneficios obtenidos de la lectura van mucho más allá de su propósito inicial. Un lector es un ser informado, sensibilizado, atento a diversos estímulos intelectuales. Un lector es, en potencia, un ciudadano ideal.
Por eso es necesario transformar los contenidos que ofrecen los planes de lectura. Deben responder a la sensibilidad y el lenguaje de los estudiantes. Deben convertirlos en lectores críticos y autónomos. Y para ello necesitan historias adecuadas a su tiempo.


Con esto no estamos demeritando de manera alguna la lectura de los clásicos, pero debemos comprender qué tan lejos están muchos de esos libros en relación con el mundo de un estudiante del siglo XXI. Además, no debemos olvidar que, cuando sean lectores, estos mismos estudiantes seguramente llegarán a esos libros canónicos que, si se los proporcionamos al principio, cuando todavía no están entrenados, es posible que les causen rechazo y frustración.

Lo que proponemos, pues, es una concepción heterogénea y plural de la lectura, que incluya el presente y sus nuevas dinámicas, pero que no olvide jamás esa potencia transformadora que encierran los libros tradicionales. Si ambos preceptos se cumplen, será posible fundar generaciones enteras de verdaderos lectores. Y eso es como una ventana abierta al porvenir y la luz.

Por Eduardo Villalobos

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